Por qué cada moda o nuevo fenómeno social molesta a «los más viejos»
Cada generación parece repetir la misma historia: criticar sin pensar a la que viene detrás. Hoy en día, ver a los jóvenes y adolescentes entretenidos con modas de internet como “farmear aura” genera incomodidad, comentarios de rechazo y discursos sobre cómo «la juventud de antes sí valía la pena».
Pero quienes hoy critican también fueron jóvenes rebeldes. Ellos también bailaron música que a sus abuelos les parecía horrible, usaron modas raras y hasta veían normal arreglar las diferencias a puños a la salida de la escuela, como si la violencia fuera un juego.
Este rechazo hacia lo nuevo tiene una explicación. La psicóloga Carmen Pérez aclara que la mente de los adultos tiende a olvidar lo malo de su propia juventud. «El adulto olvida las locuras o los peligros que vivió de joven y solo recuerda su época con nostalgia. Cuando ve a los muchachos de hoy haciendo cosas que no entiende, siente miedo a perder el control o simplemente no sabe cómo reaccionar», explica Pérez.
En ciudades pequeñas como Tucupita, este choque se nota mucho más. Al ser una población donde casi todos se conocen, las reglas son más estrictas. Por eso, cuando internet trae modas globales de la noche a la mañana, los más adultos las rechazan de inmediato porque chocan con la manera en que ellos crecieron.
El sociólogo Roberto Lugo explica que los adultos suelen equivocarse al juzgar lo que hacen los jóvenes. «Que un adolescente pase su tiempo libre divirtiéndose con cosas sanas en internet, en lugar de estar metido en alcohol, drogas o peleándose en la calle, debería verse como algo bueno. El problema es que el adulto tolera la violencia del pasado porque ya se acostumbró a ella, pero rechaza lo que hacen los chamos de hoy solo porque no lo entiende», afirma Lugo.
Añade además que, A fin de cuentas, las modas juveniles existen para eso: para que los jóvenes construyan su propio mundo y se diferencien de los adultos. Querer que los muchachos de hoy piensen, vistan o se diviertan como se hacía hace treinta años no tiene sentido. Si no nos damos cuenta de esto, los jóvenes que hoy son criticados se convertirán mañana en los mismos adultos amargados que critican sin escuchar.



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