«Me acuerdo que lloré»
La navidad suele ser sinónimo de abrazos, risas y compartir. Pero para Carlos, un joven de 23 años oriundo de Tucupita, la noche del 24 de diciembre del año pasado fue todo lo contrario: estaba en silencio y solo.
Migrar a Brasil fue su decisión para mejorar la situación económica de su familia. Sin embargo, aquella primera navidad lejos de casa se convirtió en el segundo golpe emocional más fuerte.
“Ya en la noche me alisté para ver qué salía. Vivía con un primo, pero cuando le pregunté qué íbamos a hacer, me dijo que no contara con él porque ya tenía planes con su novia”, recuerda Carlos.
La respuesta lo desanimó. “De pana, cuando me dijo eso, quedé frío. Me dije a mí mismo, ahora qué voy a hacer si no conozco a nadie más”.
Una noche en silencio y solo
El joven compró unas cervezas y algo para comer. Se sentó afuera de la casa, mientras sus vecinos compartían. Él, en cambio, amaneció solo, recordando todo lo que vivía con su familia.
“Me acuerdo que lloré. Me acordé de mi gente aquí, mi mamá, mi papá. Me preguntaba cómo estaría eso por allá, lo bueno que debe estar. Fue el día que más extrañé a mi familia. Es duro, no crea que es fácil, eso pega bastante”.
A Carlos solo lo acompañó la nostalgia durante toda la madrugada. El haber ido en busca de un futuro mejor le estaba pasando una dura factura en tiempos de unión familiar.
El regreso a casa
Hoy, Carlos está de vuelta en Tucupita. Esta vez, la navidad no será un recuerdo doloroso, sino un reencuentro con los abrazos que tanto añoró. La mesa estará servida, las risas volverán y él podrá mirar a sus padres desde la cercanía, nunca más desde la distancia, asegura él.
Su historia es la de muchos que se fueron y que, en medio de la soledad, descubrieron que el mayor tesoro no está en lo material, sino en el calor de la familia.


