Capítulo II – Señales en la avenida Arismendi
El segundo sueño había sido tan nítido que Mariela ya no podía ignorarlo. En Tucupita, las motos son más que transporte: son trabajo, sustento y escape de vez en cuando. Los mototaxistas se aglomeran en el centro de esperando clientes. Allí, entre el bullicio de los bachaqueros y el olor a humo automotor, Mariela sentía miedo.
Un mototaxista, amigo de ella, le dijo una tarde en la avenida Arismendi: “Mosca por ahí. Estas calles están traicioneras, los carros no respetan y la policía menos.” Ella sonrió, pero el comentario le cayó como una confirmación de lo que ya intuía.
Tucupita, que quiere salir de la crisis, se mueve rápido: motos zigzagueando entre huecos, autobuses destartalados que apenas frenan, y peatones que cruzan sin mirar, porque la urgencia del día solo empuja al sálvese quien pueda, a encontrar comida económica. En ese caos, Mariela sentía que el sueño estaba por cumplirse.
Las señales se multiplicaban: un frenazo inesperado en la avenida Orinoco, un choque menor frente al mercado municipal, la noticia de un joven accidentado en la Troncal 15. Todo parecía recordarle que el destino estaba cerca.
Esa noche, al volver a casa, Mariela se paró frente a su moto azul. La miró como quien ve a un enemigo disfrazado de aliado. Y aunque intentaba convencerse de que eran solo miedos, sabía que el sexto sentido no se equivoca: algo estaba a punto de pasar en las calles de Tucupita.
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