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Naufragio: la despedida de todos (parte II)

🕒 Publicado a las 3:23 PM (Hora de Venezuela)
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La imagen es de referencia

La primera despedida ocurrió desde palafitos, ellos de la comunidad y la comunidad de ellos: la curiara llena de mercancías se fue alejando entre la tarde del sábado 6 de diciembre de 2025. El día estaba gris, pero un vídeo de TikTok rompía medianamente aquel extraño ambiente de presagio. La curiara ya no está y el ruido de los motores no se oye.

Alcides se sentía como una prenda pequeña dentro de una gran lavadora encendida. Entre ellos apenas se acercaron para estar juntos y tenían que intentar hablar más fuerte para escucharse, porque las olas los opacaban. La curiara y parte de la mercancía ya se habían hundido.

Él tropezaba con algunos objetos que todavía se tomaban algún tiempo antes de encontrarse con las profundidades. Fue cuando se topó con lo que supo era un tanque vacío de gasolina. La oscuridad y las marejadas eran los únicos testigos.

Se aferró a ese objeto flotante con fuerte olor a gasolina. Gritaba para ubicar a los demás, pero no lo hacía tan fuerte porque ya estaba cansado, asustado, de estar en el agua. Las olas seguían implacables y, segundos después, halló respuesta. Todos estaban relativamente cerca, podían escucharse entre sí. De pronto Alcides escuchó lo peor. La despedida de cada uno. Ya no aguantaban más.

Primero uno, luego el otro, todos se despidieron. Alcides apenas recuerda algunas frases, y no quiere recordarlas. Los tiene en su mente aún estando vivos y alegres.

No aguanto más, no aguanto más, me estoy entregando, me despido.

Estoy cansado, creo que ya me voy al fondo.

Fueron algunas frases que Alcides oyó y puede recordar.

Minutos después, él estaba solo en el agua. Con Dios, insistió. Las voces y los gritos de sus compañeros seguían en su mente. Afuera, solo se oían las olas. El olor a gasolina lo estaba debilitando más y el tanque al que estaba aferrado lo llevaba a un lugar incierto. Pasó la primera noche flotando sin rumbo, hasta el amanecer.

Sus piernas estaban sin fuerzas y no podía nadar; a veces ni las sentía. Amaneció el domingo y el sol, la vista que le generó el día, lo animaron a seguir con vida. Le pidió a Dios ayuda y decidió nadar tomando en cuenta la dirección de las olas.

Pero el tanque lo retrasaba, entonces decidió correr el último riesgo en esta situación. Soltó el objeto flotador y fue nadando como pudo hacia la dirección donde creía encontrar tierra firme. Mientras lo hacía, temía ser jalado desde el fondo por algún gran pez o devorado en la superficie por un cardumen.

Sentía choques de pescados en las piernas, ahora que las movía más rápido. Por su mente pasaba que sería presa de tiburones u otro gran pez. No escuchaba sus chapoteos al nadar, pero sí el rugir de las olas de la barra.

El sol del día ya lo había deshidratado más. Apenas había tomado sorbos de agua salobre, no porque quiso, sino por las olas y el agotamiento. El agua era marrón tierra.

Casi al anochecer, vio tierra. Justo cuando ya estaba por dejarse hundir, vio el verdor de la costa deltana. Allí amaneció, pegado a un tronco de árbol en la orilla, hasta que fue visto el lunes por unos pescadores.

Alcides revivió tres veces: cuando vio la luz del sol el domingo, cuando logró divisar el verdor de la costa y cuando aparecieron los pescadores el lunes. Se dejó embarcar en la curiara y ya no supo lo que pasó luego. Su último pensamiento, antes de que todo se apagara, fue simple: estar en su casa, acostado en un chinchorro.

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